Elisa y el aire
Tu luna de pergamino,
Preciosa, ¿tocando vienes?
No has venido con tu luna,
ni con otro pergamino,
sino con el d’jembé descontrolado
que hay en tu pecho en brama eternamente.
Y el sendero… ¿cuál sendero?
Si tú vuelas en un éxtasis urgente
con esa excitación que me despierta
y hace que me encienda y que se bata
un pegajoso mar de blancos peces.
Tu luna de pergamino,
Preciosa, ¿tocando vienes?
Yo no pierdo ni un segundo, estoy de pie,
y si acaso soy el viento
no hace falta que te pida que levantes
tu vestido para verte,
ahí mismo tú decides
desnudarte por tu gusto
y en mis dedos se abre entera
la rosa policroma de tu vientre.
¿Y tú corres, Preciosa, y tú corres?
¿Y tú sueltas el d’jembé sin detenerte?
No, ¿verdad, Preciosa?
Ahí mismo te deleitas con mi espada caliente.
¡Preciosa, sigue, Preciosa!
¡Que te cojo, Preciosa, que te cojo!
¡Preciosa, sigue, Preciosa!
Que tal vez yo sea el viento
pero nunca el viento verde.
El mar y su rumor están muy lejos
y no existe un liso gong ni un sonsonete,
sólo tus jadeos y ningún otro sonido,
ni las flautas, ni una dulce gaita ausente,
tan sólo los acordes de tu cuerpo,
y mi flauta que en los labios
de tu sexo se entretiene.
¿Has entrado en esa casa
del cónsul de los ingleses?
No, ¿verdad, Preciosa?
Tú no estás llena de miedo,
estás llena de mis mieles.
Yo te doy, no sólo una,
muchas copas de ginebra:
Preciosa, tú no bebes tibia leche,
sino sólo la tibieza de mi carne,
el espeso y lácteo chorro
de mis lenguas relucientes.
Y mientras gozas, perversa,
la lúbrica aventura de encenderme,
en tu cuerpo involuciono:
te muerdo furiosamente.