Decirte que te quiero,
decirte que te adoro,
con todo el corazón.
MANUEL ACUÑA
Un gran bulto de azúcar nos encierra,
un insumo de miel nos embrutece;
el amor, como un costal empalagoso,
vierte su relleno en nuestras bocas
y nos empalaga hasta la médula;
entonces no nos queda más que celebrar,
celebrar esta ponzoña repetida en cada beso,
no nos queda otro dibujo en la pared
más que un trazo de intestino
que simula un corazón mal dibujado,
corazón que otros amantes,
infectados por la misma menudencia,
han garabateado en muchos árboles y versos.
Y no hay más grosería en nuestra voz
más que decir te amo
y escondernos de los tristes, los te odio,
para que no escuchen tal ridícula sandez;
no nos queda más que masticar
el tópico tantas veces masticado,
y decir diminutivos
en vez de endecasílabos heroicos;
hablar con asonancias,
con el hediondo idioma de los cursis,
con la misma lentitud del que corteja.
¿Qué medicamento ha de quitarnos
este malestar que tanto bien nos hace;
si el amor sabe a pinole,
huele a guayaba, a suciedad, a dulcería?
Hasta parece un chiste sin sentido
reproducir el verbo amar,
conjugar el amor a contratiempo
en un gerundio que hable de nosotros;
y hay un poco de vergüenza
en aquella adolescente que enumera
los besos que han caído como larvas
a sus labios donde es fruta la oración;
hay un poco de vergüenza en los enfermos,
en nosotros, que avalamos la dulzura
y que no nos damos cuenta
que la peor cursilería nos encanta,
y que gracias a las rosas y al cliché,
sorbemos un galón de eternidad.
Tú y yo que noche a noche somos aberrantes,
podemos ver el fondo de los astros
y aunque digan los astrónomos más cultos
que la luna tiene alcohólico su aliento,
nosotros sentiremos tanto gozo
al verla como el verso más cantado
que quizá se nos olvide la vergüenza
de estar locos y bermejos por la tisis del amor.
Todos tienen un momento flor y débil,
un acróstico escondido y defectuoso,
una sensación de oler el campo,
de pensar en el perfume de la amada
mientras se camina urbanamente
y se esquiva el excremento de los perros.
No somos los únicos que apestan
a la desatada rosa del abrazo
que el amor la melifica y la corroe;
muchos hay y muchos hubo,
muchos quieren infectarse, redimirse,
ingresar a este régimen imbécil
sin tener otro argumento que no sea
la armonía, el frenesí, la desnudez;
muchos hay y muchos hubo
que confunden en su estómago
una solitaria antipoética
(cestodo que defeca por la boca),
con una mariposa enternecida.
Es por eso, amor, amada,
corazón, lugar común, chocolatito,
oropéndola y paloma,
picaflora, lora mía,
sílfide, Rosario, lapislázuli, Daxel;
es por eso que mi pecho regurgita
un insípido poema que te pongo
en la cima de tu boca
como un beso.
Que empalague, pan de azúcar, el amor,
que se burlen,
que parezca burla, albur la lira,
mientras digo: cisne, flor, Manuel Acuña,
y entre un eructo y otro y otro verso
digo que te amo.