Profesión

agosto 28, 2008

No vamos al zoológico ni al cine,
no vamos al museo ni a la playa,
no vamos al hotel ni mucho menos
al mundo construido de oro y mármol;
salimos a las calles, ella es dulce,
vendemos pan, es toda la poesía,
las calles está sucias, ella es dulce,
el mundo es elegantemente amargo,
es toda la poesía,
vendemos pan
                                      y es dulce.

Plegaria de un desnudo

julio 03, 2008

Desnuda mía:
hoy te pongo en un vaso porque temo
que en el instante donde eres más agua,
de pronto, sin querer te desparrames
y te absorba la cama y no mi lengua,
y escapes de mi piel
en forma de vapor,
desnuda mía.

Desnuda mía:
hoy que no has hecho pan hueles a pan,
y aunque no tenga lámpara ni fuego,
algo que huele a pan se enciende y quema;
hoy no he comido nada pero algo,
algo que huele a pan me satisface,
me sacia con su luz,
desnuda mía.

Desnuda mía:
hoy cierro las ventanas porque temo
que sin querer, de pronto, te conviertas
en pájaro, libélula o papel;
se te ocurra volar y ser ingrávida
y abandones mi tacto,
mi aliento, mi sudor,
desnuda mía.

Desnuda mía:
hoy estás de pie, de pechos suaves,
de tu absoluto sexo,
de fruta tropical y psicotrópica;
parece que estoy ebrio pero no,
hoy es tu desnudez la que me vuelve
imbécil y dulcísimo,
oleaje y vendaval,
desnuda mía.

Desnuda mía:
hoy déjame caer en tentación,
libérame las mieles,
y frótame en tu cuerpo de guayaba,
de bosque, de animal, de chocolate;
hoy no tengo derecho a poseerte
y sin embargo estoy igual que tú:
estoy desnudo.

Viene tu cuerpo

mayo 27, 2008

El viento se hizo pan porque he mirado
tus piernas, tus pupilas, tu cintura;
mis sábanas sintieron las magnolias
de tus manos, tus ojos, tus cabellos;
y mi tacto llegó como un diluvio
a tu frente, tu ombligo, tus caderas;
y materialicé todos mis sueños
con tu boca, tus pómulos, tu espalda;
dejaste que volaran mis caricias
hasta tus pechos, tus pechos, tus pechos;
tracé en la oscuridad lo que tocaba:
mejillas, sexo, brazos, hombros, nuca;
y desperté una luz pesada y húmeda
en tus dedos, tu lengua, tu nariz;
y cada miembro tuyo se hizo táctil:
oreja, muslo, pie, rodilla, nalga;
olí, sentí, lamí, gocé, predije
tu vientre, tus pezones, tus axilas;
después tuve temor de quedar solo
sin tus labios, tus uñas, tus tobillos;
quedarme sin tus partes más pequeñas:
tu clítoris, tus poros, tus pestañas,
tus codos y tus cejas y tus dientes;
pero estás en mis manos, en mis ojos,
en mi boca, en mi pecho, en mi saliva;
y el pan llega a mi cuerpo y eres tú:
tu amor, tu desnudez, tu desnudez,
tu desnudez, tu amor, no me abandonan.

Daxel IV

mayo 02, 2008

Daxel,
daxelidad,
daxeleste y daxelante,
daxelción que daxelgeo,
daxelina tan daxelsa y daxelil,
daxelázuli en daxelos daxeláneos,
daxel, daxelae, daxelam, daxelarum;
antedaxel y posdaxel al daxelema,
daxelasa y daxelato,
hidrodaxel y daxelbonucleica,
daxeluro de daxelesio,
daxelura daxelmente daxelada,
daxélula que daxelva en los daxelios,
plenidaxel si el daxelismo es daxelario,
pluridaxel si el daxelento es daxelal,
daxeleza daxelable,
tu daxelitud me daxelece,
me daxelta dexelístico,
me daxelerva en daxelújulos daxelcos,
Daxel, mi daxelámbar daxelíneo,
Daxel que daxelumbro y daxelongo,
daxelaxis daxeliva y daxelérrima,
endodaxel, pluscuamdaxel y daxeláfora,
daxeliunda de Daxeltitlán,
daxelesia por la daxelósfera,
daxelosa en Daxeltepec,
equidaxel en cada daxelía,
yo daxelbro más y más tu daxelencia,
y daxelando te daxelico de daxelate,
daxelicia que daxelpan mis daxeljos,
la unidaxelidad que te daxela,
también te daxelace y daxelanta,
Daxel, daxelativa, mi Daxel,
te daxelozco
por el daxeliasma que daxeltra tu indaxel,
yo me daxeleo daxelista y daxelómano,
daxel, daxelmante y daxelesco,
y no por daxelmar daxelmo yo,
ay daxelirosa,
ay daxelaraira daxelaira,
ay daxelaray daxelaxel,
mi daxelararita, te daxelesesito,
daxelmoramora daxelmor,
Daxel,
¡Daxel!

Por propia voluntad

abril 24, 2008

Por propia voluntad la mano empieza
su viaje por la letra y por el tacto;
las ganas de estrecharse en el entreacto
con la palabra justa y la dulceza

de una brillante piel en cuya pieza
las sílabas se aclaran ipso facto,
y exhala una caricia en el exacto
momento en que la rima se confiesa.

Y aunque mi mano a veces no aventure
ni una caricia sola ni con verso
y lamiendo el vacío se torture,

tal vez tenga esta pena algún reverso:
que sea más claro el tacto y la escritura
cuando te palpe al fin con lengua pura.

                                               (Soneto escrito a cuatro manos por Javier Pulido Luna y Luis Flores Romero)

Más lejos

abril 08, 2008

La eternidad, amor, la eternidad;
el futuro más remoto,
sin báculos, sin huecos, sin fantasmas;
hasta volvernos aves e invisibles,
ser analfabeta o ser un sabio,
camine en cuatro patas,
y use mal tu nombre y los gerundios;
amarte las cadenas y los viajes,
los cabellos, los días, la fealdad;
más al fondo de todas tus arterias,
hasta que todo sea tulipán o picaflor,
hasta que salgan lombrices de estas hojas,
amarte hasta el cubismo y hasta Bécquer,
la esclavitud, la monogamia, la masacre;
la camisa de fuerza y el bozal,
amarte la vejez como la infancia,
y sentir que soy imbécil o políglota,
y quedarnos silenciosos y lascivos,
y amar tus pechos, tus pechos, tus pechos;
hasta que la lengua se me escalde,
y sentir un salpullido incontenible,
y que me ardan los ojos y las manos,
tener la voz rasposamente dulce,
amarte hasta el poema veinte,
hasta la Égloga Primera y la hipérbole;
hasta llegar al alcoholismo
porque sentí mil besos, luego cien,
y luego mil más otros cien, hasta Catulo;
hasta que me crezcan metáforas, espuma;
flotar como un navío, un papalote;
amarte la vida, desde el feto hasta no ser;
ser inmunes a los látigos que somos,
patéticos, ingrávidos, siameses,
azules, bisabuelos y cadáveres,
hasta el millonésimo, más lejos,
amarte las constelaciones, los meteoros;
los dientes, los fluidos, las axilas,
el verbo que pronuncio, amarte sucia,
hasta tus pechos, tus pechos, tus pechos;
hasta el vello más inútil,
y sentirnos antropófagos, suicidas,
andróginos, inmensos, pestilentes;
amarte la saliva, los ronquidos y la cólera,
hasta la hipotermia, el epitafio,
los granos y los tópicos, la culpa,
menopausia y menosprecio,
el reloj sin el desagüe de sus horas,
hasta el Taj Mahal y hasta Pangea,
hasta el Mictlán y hasta San Pedro,
concebir un infinito que nos guste,
amarte las paredes vaginales,
y la inmortalidad y el mal aliento,
amarte en portugués y en Ipanema,
Vinicius de Moraes ya te lo dijo,
como un bicho simplemente,
hasta allá, hasta el psiquiátrico, más lejos;
hasta que abran mi cuerpo y se cercioren
que mi interior está poblado de lo tuyo,
y no saber en dónde empiezas tú,
en dónde acabo yo, cuál es mi cuerpo
y cuál el tuyo, dónde están mis uñas,
si crecen en tus dedos o en los míos;
amarte, por ejemplo, hasta el mercado,
amarte atrás de ti y en el camino
morder la eternidad en las manzanas,
la eternidad, amor, la eternidad.

Alcandorea

marzo 15, 2008

Erupcionar por algo,
por algún episodio de tu ritmo,
por la temperatura de las sábanas,
por tu olor de alcandorea,
tus gemidos, tu humedad;
por tu cuerpo en estado de libélula,
porque estás desnuda
y envuelta como en ámbar;
erupcionar en ti cuando haga frío,
cuando tenga tus pechos en mis manos
y cuando se me ocurra envilecerte;
erupcionar por tu lengua y por la noche,
y porque tengo tigres en mi carne,
erupcionar en un aullido,
y sostener esta erupción
mientras me dures.

Defensa del ridículo

febrero 27, 2008

                          Decirte que te quiero,
                          decirte que te adoro,
                          con todo el corazón.
                                 MANUEL ACUÑA

Un gran bulto de azúcar nos encierra,
un insumo de miel nos embrutece;
el amor, como un costal empalagoso,
vierte su relleno en nuestras bocas
y nos empalaga hasta la médula;
entonces no nos queda más que celebrar,
celebrar esta ponzoña repetida en cada beso,
no nos queda otro dibujo en la pared
más que un trazo de intestino
que simula un corazón mal dibujado,
corazón que otros amantes,
infectados por la misma menudencia,
han garabateado en muchos árboles y versos.

Y no hay más grosería en nuestra voz
más que decir te amo
y escondernos de los tristes, los te odio,
para que no escuchen tal ridícula sandez;
no nos queda más que masticar
el tópico tantas veces masticado,
y decir diminutivos
en vez de endecasílabos heroicos;
hablar con asonancias,
con el hediondo idioma de los cursis,
con la misma lentitud del que corteja.

¿Qué medicamento ha de quitarnos
este malestar que tanto bien nos hace;
si el amor sabe a pinole,
huele a guayaba, a suciedad, a dulcería?

Hasta parece un chiste sin sentido
reproducir el verbo amar,
conjugar el amor a contratiempo
en un gerundio que hable de nosotros;
y hay un poco de vergüenza
en aquella adolescente que enumera
los besos que han caído como larvas
a sus labios donde es fruta la oración;
hay un poco de vergüenza en los enfermos,
en nosotros, que avalamos la dulzura
y que no nos damos cuenta
que la peor cursilería nos encanta,
y que gracias a las rosas y al cliché,
sorbemos un galón de eternidad.

Tú y yo que noche a noche somos aberrantes,
podemos ver el fondo de los astros
y aunque digan los astrónomos más cultos
que la luna tiene alcohólico su aliento,
nosotros sentiremos tanto gozo
al verla como el verso más cantado
que quizá se nos olvide la vergüenza
de estar locos y bermejos por la tisis del amor.

Todos tienen un momento flor y débil,
un acróstico escondido y defectuoso,
una sensación de oler el campo,
de pensar en el perfume de la amada
mientras se camina urbanamente
y se esquiva el excremento de los perros.

No somos los únicos que apestan
a la desatada rosa del abrazo
que el amor la melifica y la corroe;
muchos hay y muchos hubo,
muchos quieren infectarse, redimirse,
ingresar a este régimen imbécil
sin tener otro argumento que no sea
la armonía, el frenesí, la desnudez;
muchos hay y muchos hubo
que confunden en su estómago
una solitaria antipoética
(cestodo que defeca por la boca),
con una mariposa enternecida.

Es por eso, amor, amada,
corazón, lugar común, chocolatito,
oropéndola y paloma,
picaflora, lora mía,
sílfide, Rosario, lapislázuli, Daxel;
es por eso que mi pecho regurgita
un insípido poema que te pongo
en la cima de tu boca
como un beso.

Que empalague, pan de azúcar, el amor,
que se burlen,
que parezca burla, albur la lira,
mientras digo: cisne, flor, Manuel Acuña,
y entre un eructo y otro y otro verso
digo que te amo.

(Por enumerar)

enero 22, 2008

De tu nombre irremediablemente blanco,
sólo queda un ser silencio diluido;
mi voz tuvo que olvidarse ya del eco,
mis lamentos no soportan ya mi voz.

Sólo queda un cordero inmolado,
silenciados suspiros sonoros,
la traición de tus fantasmas transparentes,
lo ligero de tus dedos manantiales
y un recuerdo carcomido.

Soledad.

No compartes tus victorias
con lágrimas sangrantes de mis ojos;
no vuelo pluma a tu vientre,
ni acudo boca a tu beso.

Ya no tenemos misericordia.

Antes dibujaba y sacudía los sonidos,
hoy dibujo polvo, polvo mudo
que navega hacia tu sombra
y quebranta los alegres pensamientos;
antes mis palabras eran rápidas y vivas, 
hoy este poema, lentamente, lentamente
se transforma en epitafio.

Hoy me tengo odio y un recuerdo carcomido,
armonías que no suenan en tu pecho,
un áspero dolor impertinente,
un dolor y más dolor y no tus uñas.

Sólo queda mi deseo perturbado,
mi ambicioso deseo
de escribir mujer por todas partes,
de escribir espuma, belleza, pasión, desnudez,
y demás maldiciones que dedican los poetas.

Ya no nos tenemos misericordia.

En ti nace una mujer desamparada,
una forma de ser nadie siendo tú,
te colma un desorden ingrávido espectro
sombrío tu nombre ruindad sólo queda.

Silencio.

Daxel y el aire

diciembre 22, 2007

Tu luna de pergamino,
Preciosa, ¿tocando vienes?

No has venido con tu luna,
ni con otro pergamino,
sino con el d’jembé descontrolado
que hay en tu pecho en brama eternamente.

Y el sendero… ¿cuál sendero?
Si tú vuelas en un éxtasis urgente
con esa excitación que me despierta
y hace que me encienda y que se bata
un pegajoso mar de blancos peces.

Tu luna de pergamino,
Preciosa, ¿tocando vienes?
Yo no pierdo ni un segundo, estoy de pie,
y si acaso soy el viento
no hace falta que te pida que levantes
tu vestido para verte,
ahí mismo tú decides
desnudarte por tu gusto
y en mis dedos se abre entera
la rosa policroma de tu vientre.

¿Y tú corres, Preciosa, y tú corres?
¿Y tú sueltas el d’jembé sin detenerte?
No, ¿verdad, Preciosa?
Ahí mismo te deleitas con mi espada caliente.

¡Preciosa, sigue, Preciosa!
¡Que te cojo, Preciosa, que te cojo!
¡Preciosa, sigue, Preciosa!
Que tal vez yo sea el viento
pero nunca el viento verde.

El mar y su rumor están muy lejos
y no existe un liso gong ni un sonsonete,
sólo tus jadeos y ningún otro sonido,
ni las flautas, ni una dulce gaita ausente,
tan sólo los acordes de tu cuerpo,
y mi flauta que en los labios
de tu sexo se entretiene.

¿Has entrado en esa casa
del cónsul de los ingleses?
No, ¿verdad, Preciosa?
Tú no estás llena de miedo,
estás llena de mis mieles.

Yo te doy, no sólo una,
muchas copas de ginebra:
Preciosa, tú no bebes tibia leche,
sino sólo la tibieza de mi carne,
el espeso y lácteo chorro
de mis lenguas relucientes.

Y mientras gozas, perversa,
la lúbrica aventura de encenderme,
en tu cuerpo involuciono:
te muerdo furiosamente.

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Recinto de Saudade es obra y calcetín de Luis Flores Romero.